Algo sucio está por sucederSólo recuerdo las palabras “Período Especial”. Especial para mí, para muchos, era una categoría superior de lo bueno, era un ascenso de lo mejor. Pero otro fue el camino. Casi de la noche a la mañana ocurrieron grandes cambios en la vida cubana. Se inició una nueva ordenación socioeconómica, todo quedó reconfigurado: las ideas y el menú insular,  el imaginario cultural y la política, el entorno urbano y el mercado, las definiciones de conceptos ideológicos y las largas horas de apagones, el calor y la ausencia de transporte colectivo, el precio de los alimentos y la nostalgia...La capacidad de elección disminuyó considerablemente y las opciones no eran amplias. Pero la penumbra que empezó en 1990, paradójicamente, trajo aparejado un recién iluminado paisaje artístico y cultural. La batalla por la subsistencia  (pese a ella y/o a partir de ella) aportó  a la luz de la creación artística un grupo de temáticas  que hasta entonces no se habían asomado a la palestra pública y que fueron recogidas  en la literatura y en las artes en sentido general. El derrumbe del muro de Berlín, como castillo de naipes, acarreó como consecuencia otras caídas: se vencieron tabúes, se mezclaron elementos del entorno nacional antes dispersos, se desacralizaron un buen número de emblemas y se comenzó  a articular un nuevo discurso que se originaba, esencialmente, a partir de notables reajustes de códigos que procedían de la década anterior.

En el cuadro candente y complejo de la isla y bajo los efectos de una crisis que se demostraba entre otras muchas maneras desde una realidad en la cual se anunciaba por la radio el regreso a formas de tracción animal en la agricultura y el transporte , irrumpe en el panorama de las artes plásticas, Rocío García. Nacida en 1955 y graduada, con el rango de Master en Bellas Artes, en la Academia de Bellas Artes Répin en San Petersburgo, mostró desde sus primeras series gran capacidad de aprehensión de una realidad marcada por las diferencias. Situándose conscientemente dentro de un discurso que atraviesa por los cuatro puntos cardinales el imaginario femenino, ella lo carga de un nuevo significado y sigue de largo hacia otros derroteros. En sus series: Museos, Peluquerías y Geishas, Rocío se había centrado en la figura femenina, creando un nuevo y más cáustico documento (otro) de la historia transgenérica, recorriendo con sagacidad el espacio que va de la inmovilización y el silenciamiento a la potestad casi impúdica. Las mujeres de estas obras permanecen en las zonas  en las que siempre fueron situadas por el pensamiento falocentrista pero desde esa misma ubicación se muestran subversivas y desordenadas, minando la  larga tradición de poder masculino y estableciendo una nueva configuración del imaginario y existencia femeninos.

Pero es en 1999,  a partir de su serie Hombres, machos, marineros,  absolutamente inquietante y provocadora, que la artista comienza a mostrar (y demostrar) una particular sensibilidad en la creación de una realidad pictórica que indudablemente puede llegar a manifestarse bastante más creíble que la realidad vivida a diario  A partir de un quebrantamiento de los hasta entonces impuestos límites psicológicos y sociológicos, Rocío se adentra en la larga historia de placeres/dolores, insinuaciones y sucesos que la imaginación, instinto, inclinación -o cómo  se le quiera llamar- pueden idear. El cuerpo masculino concebido y pintado por Rocío García, se convierte en imagen y correcta metáfora del incierto cuerpo contemporáneo en tanto se encarga de desmentir y/o introducir nuevas variables en los discursos que coinciden en la pretensión de establecer una fijeza sobre las identidades.

La mirada de la artista se detiene sobre realidades varias pero más que observar, lo que hace es exhumar. Saca lo que está bajo la tierra  húmeda, sucia, enfangada y trae a la superficie lo que antes estuvo olvidado o sepultado en la oscuridad y el silencio.

El discurso artístico y literario cubano después de 1959, ya se sabe, ha sido innegablemente falocéntrico  y por ello mantuvo algún tiempo lejos de su interés la problemática de la mujer. Aún cuando en el discurso oficial aparecieran cifras y estadísticas sobre la incorporación de la mujer a la sociedad y a la naciente revolución, su voz y pensamiento no fueron estudiados desde una perspectiva de género y sí “caballerosamente” ocultados detrás de mamparas y portieres. Aproximadamente a partir de los años 90, un nuevo ritmo, otro paso de conga, empezó  a ser advertido. Comenzaron a aparecer artículos y estudios sobre el acto creativo de las mujeres artistas y el tratamiento que las mismas daban –desde su perspectiva de género- a diferentes preocupaciones e intereses del universo femenino. Estos estudios de género en el campo teórico, sin embargo, se acercaron más a otras materias –a la literatura, por ejemplo-, que a las artes visuales. No obstante, varias miradas sobre el asunto han existido. Una de ellas se dedicó a recrear la imagen de la mujer expresada en las obras de arte, cómo salía de la paleta o la espátula de creadores en su mayoría masculinos. Otra mirada giró en torno a la obra de varias creadoras y  cómo ellas han representado las temáticas de género en sus obras, tomando de base para esto una relación, inventario y/o estudio del tratamiento dado por estas mujeres artistas a ciertos tópicos derivados de los espacios en los que hasta el momento -o hasta hoy- han sido y son excluidas, haciendo hincapié en el tratamiento de temas que con anterioridad vivían agazapados en las zonas prohibitivas destinadas a las fábulas íntimas.

De tal suerte son estudiadas y ensalzadas un grupo de mujeres cuyas obras profundizan en sus vivencias, cuentan sus historias, lustran sus autobiografías y usan sus cuerpos como modelos en la formulación de un discurso intenso que dota a un sujeto tradicionalmente minorizado, de un elevado sentido estético .

Ahora bien: ahí, por ese aro, por más que salte no entra la obra de Rocío García. Otra ha sido su perspectiva, que aunque partiendo de una aguda observación femenina, ha circulado en torno a una realidad –otra- igualmente inquietante. La artista ha creado con sus series sobre los hombres, machos, marineros, domadores y otros especimenes...una iconografía que refleja premisas de vida, implicaciones que no solo están de muchos modos ligadas a la problemática de la mujer sino que se mezclan y figuran como los más relevantes dilemas de la identidad masculina. Estos hombres de Rocío constituyen -cada uno de ellos y en conjunto- un cuerpo postmoderno, incierto, ambiguo, lleno de rupturas y movilidades, que como las naciones, está todo el tiempo desbordante de significados. Cuerpos que permanentemente están entrando y saliendo, disintiendo y/o coqueteando con los discursos oficiales y en muchas ocasiones con los discursos de la otredad.

Rocío se adentra en ese sistema de valores esencialmente machista desde una perspectiva femenina. Desarrolla una mordacidad que saca a relucir profundos conflictos del imaginario masculino. Los hombres concebidos por Rocío desmienten la fragilidad y debilidad del sujeto masculino presumiblemente homosexual esgrimido por alguna subjetividad clasificatoria. De este modo ocurre un corrimiento de los símbolos. No aparecen aquí jóvenes vestidos de novia, ni escolares frágiles, ni pálidos, apagados y endebles muchachos en flor... Más aún, no nos consta que estos sujetos que presenta Rocío sean homosexuales. Hay un tratamiento de lo homoerótico en la obra de la artista pero esto no obligatoriamente indica una segura homosexualidad. No necesariamente una cosa implica la otra. Pero eso es tema de otra conversación. Ahora seamos suspicaces, seamos  deliciosamente torcidos y pensemos que sí, que efectivamente lo que parece ser, es...

Desde estos pareceres démonos cuenta de cómo estos hombres, machos, marineros, domadores...saltan de la marginalidad y la periferia a instalarse justo en una suerte de hegemonía. Estos machos, promulgadores del discurso oficial falocentrista, esgrimidores de posturas prejuiciosas, aparecen aquí mostrando una sexualidad que podríamos llamar confusa, ambigua, indefinida (utilizando términos propios de ese discurso discriminatorio), instalándose en los predios del poder que durante siglos ha correspondido a la postura heterosexual: marineros de arma blanca, jugadores de cartas reunidos en el bar, dueños de armas de fuego, jefes militares, pelotones del ejército... Hombres rudos que a partir de una ligera y subjetiva feminización de sus gestos clavan la más punzante daga en el sempiterno conflicto de la identidad.

He aquí la identidad masculina que se ha desplazado y sigue desplazándose. Asistimos a su deconstrucción que implica a su vez una deconstrucción de los signos del poder. Se asoma una exquisita ironía sobre el sexo fuerte, la gran ironía de Rocío García que descentraliza el ya oxidado discurso patriarcal. La fragilidad de estas identidades masculinas simboliza las fragilidades todas del poder, un poder que entonces aparece colmado de veleidades, concesiones y “deslices” . Esta serie Hombres, machos, marineros transgrede, por medio de un hedonismo incisivo, a ratos procaz, los modos tradicionales de representación del sujeto homosexual, generalmente ligado al mundo de lo femenino según las pautas que hace valer el discurso falocentrista, al margen de los actuales criterios movidos por ciertas teorías desestabilizadoras del poder fálico .

Los hombres de la obra Pelotón, de la serie “El domador y otros cuentos” (quince óleos de gran formato) están más cercanos a un video clip de Red Hot Chili Pepppers, Metallica u otros que a la noción del héroe militar que en los imaginarios del poder y del pueblo están establecidos. Un escuadrón donde los militares están semidesnudos y con máscaras, parece más la performance de un concierto de rock alternativo que una disposición combativa. Los guardias, combatientes, guerreros...están sin vestiduras y aún así está latente cierta uniformidad que aparece dada por casi todo lo contrario a lo que de ordinario es conocido. Aquí no hay más analogías que la piel y la sensualidad homoerótica. No hay un uniforme militar, ni grados marciales ni gorras. Hay, eso sí, otros sellos de consonancia: las máscaras, el falo/arma bien enmarcado - por el momento cubierto- y las botas para el andar firme.

Esta imagen creada por Rocío García es más verosímil que miles de representaciones de ejércitos desfilando ante nuestros ojos porque la similitud, la uniformidad, aquí están dadas por lo que va directo a las huellas humanas, a la postura ante la vida que no admite ni necesita charreteras ni disparos. Los discursos oficiales no están listos aún para dar órdenes a este pelotón y quizás ni siquiera sabrían si entregarles la vanguardia o la retaguardia...

Singular importancia adquiere la obra El jefe, donde la más alta jerarquía militar se coloca con dura obviedad un par de guantes que serán utilizados a modo de máscara para establecer un trueque donde dejará a un lado sus grados militares –o hará un mayor uso de ellos- para ejercer un poderío sádico. Trascendiendo toda frontera el jefe bien adiestrado en las maniobras de las ofensivas beligerantes, se adentrará en los campos minados de cierta liberación carnal, donde no hay más nación a quien servir que la desnudez y  el deseo.

Los papeles parecerían estar trocados. ¿Contra quienes disparará ahora el pelotón?, si es que dispara. ¿Qué conquistas deberá salvaguardar? ¿Cuáles serán las nuevas órdenes del jefe? Si estos son los sujetos en los que se apoya el imaginario militar, ¿quiénes están en el otro lado del “campo de batalla”...? Rocío, con estas premisas, está formulando un reajuste, una disolución y revisión del canon homofóbico que presupone la vejación y el rebajamiento moral de la figura del gay ...y de paso, como quien no quiere la cosa, implantando un nuevo modelo del héroe y de su necesidad de conformar un ego (otro) más real, que podría ser creado tomando como punto de partida ciertas innegables evidencias. Desestabilizar el discurso machista que ha acompañado la vida militar en nuestros días, como lo ha hecho la artista, presupone un importante cuestionamiento a la realidad y a toda la historia vivida.

El universo de la máscara y el antifaz conduce en un viaje sin escalas al cosmos de la simulación. El rostro real se oculta detrás de la máscara, desaparece, deja de ser, pero  a la vez, más tarde,  se expone ante el espejo para reconocerse a sí mismo. Instauración de un entramado de búsqueda y desaparición, nacimiento y muerte de las identidades, de las ideologías. El mundo en el que habría que reparar es el que queda inscrito en el espacio que media entre la piel y el espejo. Con la máscara puesta, el sujeto está negando una realidad. Ante el espejo el sujeto está buscando la realidad otra, preguntándose quién realmente soy, dónde están mis fragmentos, dónde está lo que me puede complementar, sucumbiendo al dime espejo mágico....

Rejuego de imágenes, desfile de simulacros, represiones, subterfugios, narcisismos, miedos, estratagemas. Existencias y simulaciones que hacen que estas obras no caigan en el abismo de lo estático sino que muestran a un sujeto real dinámico, dialéctico, lleno de conflictos. Cuerpos que son en sí mismos espacios para toda representación.  Sujetos que se observan a sí mismos a la vez que son observados. Cartografías de deseos, instintos, perversiones, ocultamientos, complicidad, excesos y tranquilidad: el cuerpo como vasija contentiva, caja de Pandora donde todo el tiempo algo humano está sucediendo, donde ocurre lo que estamos mirando y sintiendo, no lo que nos dicen que acontece, no lo que muchos discursos quieren que creamos alrededor de lo que en verdad transcurre.

Muchos de los hombres, machos, marineros, domadores..., aparecen desnudos. Tanta carga psicológica, histórica y social tienen estas obras que necesariamente los sujetos han de aparecer desnudos, despojados de...es la única manera de abrirse a los descubrimientos, de presentar una existencia lo más real posible, una manera de dejar claramente establecido que esos cuerpos solo pueden ser vistos desde la correspondencia de una mirada también desnuda. Entiéndase por ello desprejuiciada, abierta. Una mirada que lo abarque todo: el cuerpo cubierto por la piel y el cuerpo donde la conciencia habita.  Estos desnudos operan -salvando distancias, obviamente- casi como aquellos que en la Edad Media se asomaban desde los libros de Anatomía. Cuerpos desgarrados que aparecían desprendidos de toda vestidura para que pudieran observarse sus músculos, sus vísceras, su “adentro”... Los cuerpos de las obras de Rocío García, dejan ver también el “adentro”, queda la psiquis expuesta. Son demostradores de la capacidad analítica y pictórica de la artista en la ilustración de  los juegos de proximidades, posiciones, roces, insinuaciones y lascivas miradas de los sujetos. Queda declarada una muy peculiar visión del erotismo expuesto ante el espejo o disfrutado -y/o sufrido- sin compañía o en grupo, como en el caso de Pelotón donde figura un erotismo colectivo que signa y define a la tropa que vive no una norma de vida en campaña sino un erotismo grupal y definidor...Gracia dolorosa de la libertad que del erotismo emana, cuerpos desnudos evadidos de todo y de sí mismos.

La desestabilización que propone Rocío también se traslada hacia espacios, sitios, del imaginario heterotópico. Bares, piscinas, duchas, baños públicos, canchas deportivas, aparecen como espacios contentivos de la identidad masculina ahora desplazada hacia una identidad homosexual. En estas zonas de intercambio viril con un igual (viril también, se debe sobrentender), ocurre un nuevo trueque y adquisición de nociones. El canje de juegos azarosos y  seducciones masculinas deviene en una dialéctica  de posiciones y saberes. El valor heredado que el sujeto trae consigo a estos espacios donde desde siempre la “masculinidad” se reúne con la “masculinidad”, se mezcla con nuevos saberes, recibidos a partir de fusiones (homo)eróticas y articulaciones múltiples del Yo.

Rocío sitúa a sus tipos en el espacio de la rudeza, preconcebido por el discurso falocentrista para compartir las formas varias de la virilidad, y sin embargo, es justamente en ese escenario donde aparece el cruce de identidades, la sutiliza del gesto afeminado, el sesgo homosexual, las miradas cómplices, el hedonismo, la ambigüedad, los deliciosos juegos de simulación, coqueteo, seducción y entrega.

Descalificados  de  su carácter  prejuicioso de sitios “solo para hombres”, estos lugares empiezan a conformar al unísono, el lugar  de la desintegración y el lugar de la nueva integración. Empiezan a constituirse en la plaza del verdadero conocimiento, el que nace de la simbiosis entre lo heredado y lo construido. Discernimiento que ocurre allí, en el sitio destinado a la heterosexualidad, el área que no admite sospechas, la zona cerrada donde no hay un ojo que te ve... Sitio que se colma entonces de rica hibridez y apetitoso mestizaje donde ocurre el cruce, la mezcla, la fusión, la amalgama, de identidades varias.

Interesante resultan las imágenes ubicadas en el contexto deportivo. Un universo marcado por la idealización de la fuerza, agresividad y virilidad,  donde el diálogo ha ido en línea directa de macho a macho y donde se han exacerbado las aptitudes competitivas, la fuerza y la demostración de “hombría”, queda bajo la sagaz mirada de la artista, reducido a lo que podríamos llamar su antiversión. La presencia de las posturas de los luchadores, por ejemplo, está relevantemente cargada de un hondo sentido homoerótico. Los momentos de subversión aquí toman un matiz más fuerte en tanto denuncian signos de homofobia presentes en espacios como estos, aplaudidos por las masas, coreados desde las gradas... La exposición de estos guiños que subyugan a un público multitudinario deviene en profundo análisis de la psiquis masculina dentro de los predios deportivos, donde muchas veces un éxito queda estimulado con un roce a las nalgas del otro jugador o un “apretón gracioso” al falo del compañero de equipo. Gestos que fuera de la cancha serían juzgados probablemente como una marcada insinuación homosexual, dentro de ella forman parte del código de la “hombría y la gloria” deportiva. Y todo esto se manifiesta, ocurre delante de todos los ojos y por si fuera poco, muchas veces es trasmitido a viva voz por los medios de difusión.

Muestra evidente de su insistencia en arrojar claridad sobre estas actitudes es la utilización que de la luz hace Rocío en sus obras. Absolutamente teatral, traza un cono de insistente luz sobre lo que el imaginario muchas veces ha trazado un cono de sombra bien cerrada. Es la apoteosis del develamiento de lo que estaba a oscuras por inapropiado y reprimido. No es solo mostrar, es además mostrar iluminadoramente. Esa es la estrategia usada todo el tiempo. Esa es la empleada también en su más reciente exposición: “El Thriller ”, la que conforma un riquísimo entramado de luces y sombras, teatrales, casi cinematográficas. Una suerte de gran tapiz cubierto por tapices más pequeños como capítulos de una serie, escenas de una obra de teatro, personajes de un comic, o como fotogramas de un filme...Aquí aparecen los principales personajes que han conformado la iconografía de la artista hasta hoy.

Estamos ante una gran historia o quizás deberíamos llamarle “la historia de las historias”. Cada cuadro (capítulo, escena, historieta...) funciona independientemente del resto pero también se engarza para formar la concordia mayor. Mezcla de identidades: aquí parecen las geishas, los marineros, los domadores, el barman que observa..., exhibición de individualidades mezcladas, como metáforas de la mixtura y la diversidad que deberían conforman el país, los países, los discursos... Seducción y asombro. Desplazamiento desde las sombras hacia la luz. Placer y belleza ejemplares.

El voyeur, el castigador, la sugerencia sadomasoquista, la complejización de las aptitudes y actitudes...Las tensiones entre la expectativa de lo que ocurrirá (o no) y la seducción deliciosa... El guiño de ojos cargado de morbosidad inquietante... El uso y/o abuso de disímiles artificios que pueden provocar sumo placer y/o padecimiento absoluto... Las apariencias... La belleza del dolor y el dolor de la belleza... Las teorías y las masturbaciones insinuadas... El espejo y la máscara... La densidad de la tradición y la desintoxicación de esa misma densidad... La violencia y la represión, la auto represión y la intimidación... El poder, el minuto de gloria, los trueques de identidades... El deseo oculto o enarbolado como bandera al viento, no son solo propiedad de los otros porque también Yo soy el Otro, yo ya también estoy entre los otros , los mayores de edad, los melancólicos y ya nada puede resultar ajeno... De ahí que lo que busca Rocío es establecer una relación entre el individuo y su realidad existencial, entre su apariencia virtual y su existencia real, todo ello desde una articulación poética y exquisito erotismo, incluso dramático, que no desconoce las aportaciones del psicoanálisis a la categoría del yo .

He aquí el discurso que muestra Rocío García sobre la movilidad de las identidades. Sabia poética que deviene en un lúcido ensayo sobre la psiquis. La artista, al moverse siempre en la línea que va de la realidad al deseo, queda ubicada en una zona de  peligro: esa franja que se traza en el cruce de cualquier frontera.

Eterna migrante, que  todo el tiempo atraviesa y derrumba barreras, también asiste, a su manera, a la misma “misión” del Quijote: la misión del desplazamiento del cuerpo que puede provocar el estremecimiento y los movimientos necesarios de las naciones. Con una obra contentiva de un sólido y atrevido cuestionamiento de los discursos oficiales, Rocío García no está a solas en su transgresión, aún cuando a ratos asuste porque parece –solo parece- que a partir de sus obras, algo sucio está  por suceder...

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